Ora con la misma intensidad, con la que te preocupas.

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La preocupación nace rápido: apenas algo nos inquieta, la mente corre, imagina escenarios, agranda sombras.

Por: Rafael Moya | Fuente: Cristo en la Ciudad

La preocupación nace rápido: apenas algo nos inquieta, la mente corre, imagina escenarios, agranda sombras.
La oración, en cambio, suele llegar tarde… cuando ya estamos agotados por dentro.

Pero Cristo nos recuerda que la oración no es un último recurso, sino el respiro que sostiene el camino.
Cuando oramos con la misma fuerza con la que nos preocupamos, algo cambia:
la mente se aquieta, el corazón se ordena y la carga —sin desaparecer— se vuelve más liviana.

Orar así es confiar.
Es entregar, con sencillez, aquello que tratamos de controlar solos.
Es reconocer que no podemos con todo… y que no tenemos que poder.

La ciudad sigue siendo la misma, pero uno aprende a caminar distinto:
menos desde el miedo y más desde la confianza;
menos desde la ansiedad y más desde la certeza de que Dios escucha incluso lo que no sabemos decir.

Ora con intensidad… no para que todo cambie afuera,
sino para que algo empiece a sanar adentro.

TOMADO DE CATHOLIC.NET