LAS POESÍAS DE MARGARITA MARIA

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POR: MARGARITA MARIA PÉREZ PUERTA

IGNORANCIA

La dama en el coche fúnebre
con un pañuelo cubriéndose la boca
parece llorar, no estoy seguro;
la mujer ignora a su alférez.

Lágrimas en los ojos verdes de la dama,
semejantes a la lluvia
que brota por estos días.

Ella duda de su piel mojada
por unas gotas cristalinas
que la rejuvenece rápidamente.

¿Por qué llora?
¿Por qué no debo llorar?

Su pregunta me respondió.
Su respuesta me interroga.
La dama llora por su verdad,
yo me pregunto a partir de una imagen.

La dama y sus ojos encienden la pregunta:
limpian sus dudas.
Imágenes en duda para llorar.
La piel se cristaliza en ella
para respondedle a natura.

El coche fúnebre con la dama
siguió el rumbo señalado.
Silencio bajo su piel:
Sus lágrimas dejaron una lumbre
tejida por el eco de alguien.

DINOSAURIO

Y cuando despertó, el aroma de mamita todavía seguía allí, cuidando tu amor. Pero el tiempo se había detenido. ¿En dónde estarás? No sé, y triste esperé hasta el final en silencio, mirando por la ventana. Sobre los árboles, al amanecer descubrí, entonces un dinosaurio perdido, melancólico bajo las anchas ramas, como el mismo en el sueño.

Mojame, sole,
con lluvia de amores:
Extasis flor…

En el horizonte, algo emerge con gracia,
Una mirada profunda a través del ser,
Susurrando palabras sin tono ni espacio,
Conjugar vejeces en un mundo mejor.

El agua del lago refleja la imagen,
Un juguete de luz en el espejo quieto,
Parches de colores, un tapiz que se teje,
Gotas de lluvia que caen con suave desenfreno.

La naturaleza susurra secretos al oído,
Un lenguaje universal que todos podemos sentir,
Un reflejo de la belleza que nos rodea,
Un recordatorio de que el amor siempre prevalece.

El Lamento del Sexto Eco

​En la quietud del piso 202, mi alma habitaba un vacío,
como un lienzo en blanco, de un destino ya sombrío.
Sentada en la única silla, un trono de desolación,
el hambre mordía, la sed rasgaba mi corazón.
​Seis almas antes que yo, un vientre madre, cinceló.
Pero el sexto eco, un “ego diverso”, nunca encajó.
De la gran familia tejida, un hilo suelto me sentí,
en el apartamento mudo, donde el aliento se fundió.
​Mas la lealtad tiene patas, y un corazón que late en piel,
Nala, mi perrita, mi regalo, mi bálsamo, mi miel.
Su lengua tibia en mi rostro, un rezo de piedad,
compartíamos la ausencia, la misma necesidad.
​Dios, en su mudo designio, un aldabonazo obró.
Una mujer joven, ángel terrenal, mi puerta tocó.
No oyó el ladrido de Nala, su inquietud la guio hasta aquí,
y en sus manos, el sustento, un atisbo de porvenir.
​Le mostré mi reino de sombras: la estufa sin ardor,
arroz y azúcar en cajones, mudos de calor.
Sin lumbre, sin gas, sin abrazo que encendiera un hogar,
solo el eco de un pasado que no supo amar.
​Ella, el alma buena, los pocos víveres tomó,
y al piso 302, un refugio nos llevó.
Allí, otra mujer, un reflejo de mi madre ancestral,
me acogió en sus brazos, lejos de todo mal.
¡Qué dulce era la limpieza, el calor, la aceptación!
Nala y yo, huéspedes de una nueva estación.
​Mis últimos días, dijo, serían de emoción,
gracias al amor de Nala, mi más pura devoción.
Ella, herencia de aquellos que me vieron nacer,
pero no quisieron mi esencia, mi “ego” reconocer.
Huyeron del apartamento, de mi forma de pensar,
dejándome el amor puro que ellos no supieron guardar.
​Y justo cuando la paz tejía su suave velo,
irrumpió el eco de voces, que rompieron mi anhelo.
Desde un muro invisible, los Pérez Puerta se alzaron,
con sus móviles en mano, y en su verbo, se exaltaron.
​”La verdad en este audio, la lumbre en nuestro saber”,
decían, con ínfulas de un presunto entender.
Su vanidad resonaba, hueca, intelectual y fría,
rompiendo la frágil calma, de mi nueva melodía.
​El sueño se hizo pedazos, con el eco de aquellos que, creyéndose faros,
opacaron al ego que solo clamó un nido,
a la esencia empática, que fue siempre su latido.
Unidad positiva y sin vainas, fue mi único clamor,
mas su voz, con su ego, siempre se creyó mejor.

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