Una noche, una copa de vino y un testigo.

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Por Luis Alfonso Pérez Puerta.

La vida exige una pausa, una reflexión y la valentía de reescribir el propio guion. Para una dama, elegante y discreta en su vestir, tras años de dedicación a su profesión, la acumulación de estrés y el agotamiento habían cobrado su precio. Con su hijo ya adulto y un divorcio a sus espaldas, el día de pensionarse no fue solo el principio de un acto de liberación, sino el umbral de un nuevo comienzo.

Al dar el último sorbo a su café, sintió una calidez familiar, una despedida reconfortante a un capítulo que se cerraba. La cafetería, “El Rincón de los Sueños”, adquiría un significado más profundo en ese instante, su nombre resonando con las aspiraciones que ahora se disponía a perseguir activamente. Se despidió de la barista.

Mientras tanto, en una realidad paralela, en el reflejo del espejo, un perro se contemplaba cada día, sin entender del todo lo que veía. Hasta que un día, atravesó el cristal y se encontró del otro lado, para ser testigo de un hecho olvidado hace muchos años.

En un rincón de la ciudad, en un bar oscuro, se ahogaba un caballero extraviado en un despecho “por la aventura de una dama que una noche encontré, y otra perdí.”, así monologaba él mientras bebía vino. “Son las vainas del amor”.

Y esa noche en el bar, escribió una nota, mientras yo estaba en el baño. Al regresar a la mesa hallé el mensaje escrito en una servilleta.

“Te noto como extraño, como distante, como si no fueras tú”.

Así se expresaba la dama en cuestión. Era como me veía, no sé por qué, a las mujeres no comprendo. Ojalá una motocicleta la atropellara. Sabría que Dios existe, pero quién sabe si esa dama caerá atropellada o asesinada. Lo que sea, es lo que deseo, si Dios existiera.

Una vez nos amamos, y creí en el cambio, como un pacto de esperanza, pero ni esperanza ni cambio, todo sigue peor, no hay tal pacto de cambio, solo basura cual esperanza para ser quemada.

Quiero emborracharme porque no comprendo a nadie, y aquí bien jodido sobre la mesa.

Le grito al hombre del bar, quiebro botellas y vasos, me importa un bledo el establecimiento. Al infierno. Hoy me embriago porque no volveré a creer en el amor de la raza, y que se vaya al carajo.

Y aquí concluye este relato nada accesible y sin fin en realidad. No con una resolución, sino con una poderosa sensación de comienzo: se estaba transformando, despojándose de la piel de su pasado para abrazar un futuro vibrante, incierto, pero infinitamente prometedor: sin hombres, sin mujeres y sin dioses que nos controlen.