-Viktor Frankl-

 El hombre en busca de sentido es una obra única,

de la que es menester salvar de la hoguera de las vanidades

Y lo es porque no nos exime de pensar ni nos oferta eslóganes envueltos en celefom

POR: LUIS FERNANDO PÉREZ ROJAS 

En el año de 1938 las tropas de Adolf Hitler entran en Viena.  Aquella fatídica tarde, Viktor Frankl esta dando una clase de psiquiatría.  De repente, la puerta del aula se abre con estrépito.  Un joven irrumpe vestido con el uniforme del partido nacionalsocialista.  Se mantiene erguido bajo el dintel de la puerta.  El joven profesor, de origen judío, no se inmuta, continúa su clase como si su vida no corriera peligro: “como les iba diciendo, he conocido personalmente a Sigmud Freud.  Para él el motor de todos los actos del hombre están motivados por el afán de placer, pero yo no estoy de acuerdo.  También he pertenecido a la Segunda Escuela Vienesa de psicología.

Según Alfred Adler, el motor de todos los actos del hombre es el afán de poder, pero no estoy de acuerdo.  El afán de placer y de poder pueden mover a algunas personas cuando están enfermas o locas de remate.  Lo que realmente mueve al hombre es la búsqueda del sentido de la vida porque el hombre se siente frustrado o vacío cuando no encuentra una tarea que realizar o alguien a quien amar, incluso por quién sufrir.  Lo único que no se debe reprimir es la búsqueda de ese sentido, y llegado el momento: del sentido de la muerte”.  Meses después, Viktor Frankl, su esposa y sus padres fueron conducidos al campo de exterminio de Auschwitz, donde en cada fosa, podemos entrever una muerte sin sentido, un dolor oculto y escondido que nos revela que la intolerancia no se puede cubrir con el velo del silencio.

No creo equivocarme en exceso cuando explico en mis tertulias académicas, a mis amigos, amigas  y  exalumnos, que la historia de un hombre o mujer nos la aporta la personalidad que ha transmitido a su tiempo.  La mayor parte de nosotros apenas si dejaremos una leve huella en las vidas de quienes nos acompañaron; otros, en cambio, llegan a nuestras vidas, las alcanzan, las modelan y nos dejan un surco que permanecerá indeleble en el resto de nuestra existencia.  Sin duda, Viktor Frankl es uno de esos hombres.  Su vida como su obra, son un testigo directo de esa violencia homicida contra lo más frágil e indefenso, de esa lucidez perversa que supuso la cultura alemana de los años treinta, pero no la usó para envenenar su pasado, ni para ensalzar su persona, sino para contarnos que no es el sufrimiento lo que hace madurar al hombre, sino el sentido que le damos a ese dolor, a ese inmenso horror que produce visualizar el tormento y la muerte diaria de miles de inocentes, la tristeza de saber “que los mejores de entre nosotros no regresaron de los campos”.  No lo hicieron sus padres y su joven esposa, a los que la barbarie no les concedió una nueva primavera de paz.  Él lo supo, y vivió con su recuerdo.

Pero, como ocurre con gran parte de los autores clásicos, posiblemente Viktor Frankl sea uno de esos autores de los que todo el mundo en la academia ha oído hablar, pero del que es inútil formular pregunta alguna sobre él, y sin embargo, su libro El hombre en busca de sentido es una obra única, de la que es menester salvar de la hoguera de las vanidades.  Y lo es porque no nos exime de pensar ni nos oferta eslóganes envueltos en celefom.

Muy al contrario, su contenido nos desvela la gran verdad de la vida: El talante con el que un hombre o mujer acepta su ineludible destino y todo el sufrimiento que le acompaña, le ofrece la singular oportunidad de dotar a su vida de un sentido más profundo.  Esa libertad interior, que nadie nos puede arrebatar, es la que confiere a cada existencia la razón para vivir.  Es en esa decisión personal donde reside la posibilidad de atesorar o rechazar la dignidad moral y ética que cualquier situación difícil ofrece al hombre y la mujer para su enriquecimiento interior.  Nadie puede escapar de esa decisión.

Hallen Ginsberg, para muchos el mayor gurú de la cultura pop, lo experimentó en su marchita piel: “He visto a las mejores cabezas de mi generación escupir sobre el crucifijo cristiano en nombre de la razón, para luego terminar dando tumbos, perdidas, entre tinieblas, en busca de una nueva vaca sagrada que les salvase del nihilismo y de la desesperación”.

Hoy, en el transcurso de los años del siglo XXI, nos enseñan que la vida, del hombre y la mujer que se arriesga a conocerse a sí mismo es una vida de máximos que se escapa del reduccionismo y se eleva por encima del plano material en que muchas corrientes de pensamiento nos pretenden encorsetar.  Sartre exclamaba que el hombre se inventa a sí mismo.  No es verdad.  La experiencia nos revela que el hombre y la mujer no traza el sentido de su existencia, sino que lo descubre, y al hacerlo, se convierte en el arquitecto de su propio destino.  Y lo es porque es capaz de dar las oportunas respuestas a las preguntas que su conciencia le realiza.

Viktor Frankl lo experimentó en los campos de Auschwitz y Dachau.  Descubrió que el hombre y la mujer es un ser moral, cuya libertad interior puede elevarlos muy por encima de un destino adverso.  Y más aún si lo hace por la vía del sufrimiento, por la vía de su propio sacrificio.  Aprendió que, si el hombre o la mujer no se limita a existir, sino a trazar las líneas de su propia existencia, podrá comprender que posee la libertad para cambiar a cada instante; podrá sentir que la libertad no es la última palabra, sino sólo la mitad de la verdad.  La verdad con mayúsculas la halló en esta evocadora reflexión:

“Al hombre y la mujer se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: La última de las libertades humanas para decidir su propio camino”.  Y lo supo cuando comprendió que el hombre o la mujer “Es el ser que siempre decide lo que es.  Es el ser que inventó las cámaras de gas, pero también es el ser que entró en ellas con paso firme y musitando una oración”.

¡Este es parte de un legado.  Ahora nos toca a nosotros decidir el nuestro!

LUIS FERNANDO PÉREZ ROJAS                                 Medellín, junio 28 de 2024