Por: Balmore González Mira

Cuando se escribe para algún medio, es normal que los lectores le hagan a uno diversos comentarios sobre lo opinado y que permanentemente le propongan temas  para que uno los plasme en una columna de opinión y sean conocidos, y en cierta forma esto da tranquilidad al escritor por cumplir a sus lectores,  y a estos por haber sido escuchados, además de la satisfacción  de saber que nos están leyendo.

Sin convertirme en vocero de nadie, me ha parecido pertinente visibilizar lo padecido por este sector, que como muchos otros, está bien golpeado por la pandemia y muchas familias van a la quiebra y otras más hasta física hambre están aguantando, y ni que decir de los que cada día están más endeudados porque adquirieron sus vehículos con créditos que no saben cómo van a pagar, pues la única salida es entregar el carro, único sustento familiar.

Tres historias me llegaron por diferentes fuentes, que me obligan a contarlas, tratando de ser fiel a quienes las viven o padecen.

La primera tiene que ver con los servicios de buses urbanos, especialmente en la ciudad de Medellín y el área metropolitana, los cuales siguen pagando sueldos a conductores, administración, seguros y demás gastos mensuales; el número de pasajeros que están transportando en estos dos meses está dejando pérdidas, porque están obligados a cubrir las rutas y obviamente los ingresos no se compadecen con los gastos de operación.

El otro drama lo están viviendo los conductores de taxis en esta misma región, pues muchos llevan dos meses sin ingresos y hasta preferiblemente con los vehículos parados, y peor es el panorama cuando no tienen aplicaciones o plataformas, pues no pueden salir a recoger usuarios a las calles, que tampoco existen; el tema también se agrava cuando son un problema compartido entre el conductor del taxi y dueño del mismo, afectados ambos por la falta de ingresos, con el agravante que los gastos siguen siendo los mismos, seguros costosos y  en administración, que deben pagar a las empresas en que están afiliados, como en seguridad social para ambos y que cuando ese ingreso para esas dos familias depende de ese solo vehículo el drama aumenta, el cual se convierte en tragedia si adicionalmente hay una deuda de por medio con la cual se está pagando el carro y el cupo.

El tercer comentario me llega de los dueños de los vehículos de servicios especiales organizados en el área metropolitana y que tienen un censo de estos vehículos que suman aproximadamente 1.500. Me cuentan que llevan alrededor de dos meses parados, que venían produciendo entre 5 y 7 millones de pesos mensuales por vehículo y que en muchos de ellos era el sustento de dos, tres y hasta cuatro familias; que muchos de ellos fueron adquiridos por créditos y que con las exigencias de las normas que los rigen, sus carros deben estar con modelos recientes y por ende son más costosas las inversiones. A simple vista con una cifra cercana a los diez mil millones de pesos mensuales, ya van llegando a pérdidas acumuladas de 20 mil millones que los tiene ad portas de la quiebra y la hambruna de muchas de estas familias. Dicen que nadie los ha escuchado ni tenido en cuenta y que están desesperados porque no ven reactivación temprana para su sector.

Todos tienen que seguir pagando sus costosos seguros  para mantener al día lo que hoy debería estar suspendido, en cualquiera de los costosos gastos de estos sectores.

Finalmente manifiestan, y en eso coinciden todos, que los únicos beneficiados en materia del servicio de transporte público son los que tengan sus carros particulares dedicados a ello y afiliados a Uber u otras plataformas, pues no tienen que pagar administración, seguros por daño a terceros, administración o tarjetas de operación,  ni seguridad social y están tranquilos, porque tampoco los persiguen las autoridades de tránsito como sí lo hacen con el servicio público o especial.

Cumplo con un sector de mis lectores que me piden visibilizar esta situación, que muy seguramente miles y miles están padeciendo, y que se convierte en otra cara más de esta pandemia que jamás pensamos vivir.