REINVENTAR LA DEMOCRACIA:

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EL GRAN DESAFÍO PARA EL PUEBLO COLOMBIANO

“hay democracias de primera, de segunda y hasta falsas democracias y democracias corrompidas.”

Muchos políticos honrados están en la política movidos por la idea de servicio, pero otros muchos desaprensivos han entrado en el poder para ejercer como los nuevos amos del país. 

La democracia sólo puede ser auténtica cuando expulsa al miedo y el egoísmo, sus principales enemigos, los únicos que pueden asesinarla mediante la parálisis y el bloqueo.

Entendemos la democracia política como un sistema constituido por la vigencia del Estado de Derecho, la división de unos poderes básicos que se controlan mutuamente, el sistema competitivo de partidos y la autonomía de las instituciones sociales frente al Estado.  A estas condiciones imprescindibles habría que agregar algunos elementos no menos decisivos, tales como un gobierno representativo, elegido por medio de un sufragio igualitario y universal, en donde cada ciudadano y ciudadana puede votar por varias opciones de voto sin ser intimidado por el aparato del Estado, y en una sociedad civil fuerte, integrada por ciudadanos libres, con capacidad de influir y de servir de contrapeso y freno al Estado.  Sin embargo, hay democracias de primera, de segunda y hasta falsas democracias y democracias corrompidas.  Una democracia auténtica es un producto complejo, sofisticado y muy avanzado que requiere, además, otros aditivos imprescindibles, como una orientación altruista en todas sus instituciones y leyes, una “representatividad” entendida de manera limitada, en la que los cargos electos ejercen con muchos controles y restricciones, una alternancia razonable en el poder, una defensa real del bien común por parte del Estado y de sus órganos y, por encima de todo, unos ciudadanos libres, soberanos y responsables, con capacidad de autogobierno, siempre atentos al poder para que no se desboque y participando responsablemente en la vida política y en los procesos de toma de decisiones.

Entendida así, la democracia es, probablemente, la más avanzada de las creaciones del hombre, un privilegio de la humanidad que, desgraciadamente, no encontramos en estado puro en ningún rincón de nuestra nación, entre otras razones porque los adversarios del sistema han prevalecido sobre sus defensores.

Amparados en el deleznable pesimismo antropológico encarnado en la noción de que “el hombre es un lobo para el hombre”, los verdaderos lobos siempre han querido que el hombre y la mujer se crean miembros de una manada, han tomado el poder, han hipertrofiado los riesgos y han creado artificialmente el peligro para justificar su creación magistral: Una sociedad dominada por el miedo, la violencia, la desigualdad, la injusticia y la pobreza, que pide a gritos un liderazgo inspirador fuerte y que, engañada y sumida en el negativismo, acepta como inevitable el mal y la trágica división entre opresores y oprimidos.

Aunque la democracia vigente es hoy, en Colombia, un caldo de cultivo propicio para que la depredación política florezca y los políticos dominadores se multipliquen sin obstáculos, también es, teóricamente, el único antídoto verdadero contra la opresión de los grandes poderes y la única tierra política donde pueden germinar la paz, la armonía, la empatía y la felicidad.  Pero resulta obvio que no nos referimos a esa democracia falsa que nos envuelve, convertida en un conjunto vacío de deberes, de hechos y arbitrariedades, lleno de ritos y ceremonias, diseñada y enfocada para que los poderosos sigan incrementando su poder, sino a una democracia verdadera, que está siendo exterminada cuidadosamente por los políticos, participativa, entendida como una forma positiva de vida, al servicio de la comunidad y de los ciudadanos.

Muchos políticos honrados están en la política movidos por la idea de servicio, pero otros muchos desaprensivos han entrado en el poder para ejercer como los nuevos amos del país.  Algunos pertenecen a la jauría sin tener plena conciencia de ello; otros lo hacer porque se sienten a gusto en la cacería; no pocos se consideran merecedores de esa recompensa; pero los restantes son, simplemente, fríos, calculadores, implacables y acaparadores conscientes de privilegios y de ventajas.  Esa es una verdad incuestionable porque las evidencias politiqueras son abrumadoras.

El poder político dominante en nuestras democracias degradadas ha heredado, ampliando y perfeccionando los poderes y privilegios del pasado.  Han convertido la democracia en una “oligocracia” en la que el pueblo (demos) ha sido sustituido por la élite (oligo) y han hecho del poder un privilegio y una fuerza irresistible, sofisticada, camuflada, blindada y justificada por teorías, ideologías y hasta prácticas civilizadas y avanzadas.  Mandan como si sirvieran a los demás, pero sirven poco o nada., mandan mucho y se sirven de todo y de todos.

¡Las tiranías y las dictaduras suelen ampararse en la mayoría!

LUIS FERNANDO PÉREZ ROJAS                                                  Medellín, noviembre 23 de 2025