Por Iván de J. Guzmán López
Para toda América, la entrega del Premio Nobel de Paz (el pasado 10 de diciembre de 2025) a María Corina Machado, opositora a la tiranía y al usurpador del gobierno de Venezuela, es un tremendo honor, porque su eco es mundial y pone en alto la bandera de la lucha por la preservación de la democracia y sus caros valores, como la libertad. La ausencia y hasta la burla de algunos regímenes de izquierda -para los cuales, paradójicamente, la defensa de la democracia y de la libertad no es plausible-, es irrelevante y echa más agua sucia a sus prácticas, en contravía de los demás gobiernos que han sentido y manifestado la honra que ello significa. A todas luces, el Premio ha hecho que el mundo entero ponga sus ojos en Venezuela y empiece a observar con claridad y sentido rechazo la oscura noche en la que está sumido su pueblo, por la fuerza de un tirano vulgar, que nos devuelve a las décadas oscuras del siglo pasado en Latinoamérica, cuyo costo en vidas, brutalidad, terror, pobreza y atraso, fue incalculable.
El Premio Nobel de la Paz es uno de los cinco Premios Nobel que fueron instituidos por el fabricante de armamentos, inventor e industrial sueco Alfred Nobel, junto con los premios de Física, Química, Medicina y Literatura. Se otorga cada año, desde 1901 “a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos alzados y la celebración y promoción de acuerdos de paz”, según el testamento del citado Alfred Nobel. Por su expresa voluntad, quien lo recibe es seleccionado por el Comité Noruego del Nobel, conformado por cinco personas seleccionadas por el Parlamento Noruego. Este premio es el único que se otorga en Oslo (Noruega); los otros cuatro, se otorgan horas después, en Estocolmo.
El Instituto Nobel Noruego y el Comité Nobel Noruego, anunciaron en su momento que Machado recibiría el galardón por su “incansable labor en la promoción de los derechos democráticos del pueblo venezolano y por su lucha por lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia”.
La líder María Corina Machado no pudo llegar a tiempo a Oslo para recibir el Premio Nobel de la Paz; sin embargo, sus palabras resonaron en la voz de su hija Ana Corina Sosa Machado, quien leyó un emotivo discurso en su nombre:
“Venezuela volverá a respirar. Abriremos las puertas de las cárceles y veremos salir el sol para miles de inocentes que fueron encarcelados injustamente…”.
El discurso fue esperanza, sin duda, para 8 millones de venezolanos que salieron huyendo del régimen, en un éxodo infame, que ya sentimos histórico e inadmisible en pleno siglo XXI.
Ya en Oslo, la reconocida Machado explicó la aventura inverosímil que le tocó en suerte para poder llegar hasta la capital noruega. Antes de lograr salir de su Venezuela (donde ha tenido que vivir en la clandestinidad desde agosto de 2024, por la persecución despiadada del régimen de Maduro), cuando se preparaba para ello, se dijo: “Será lo que el Señor decida”. “Hubo momentos que sentí que había riesgo real para mi vida, y que fue un momento también muy espiritual porque, al final, simplemente sentí que estaba en las manos de Dios”, declaró en rueda de prensa a un grupo de medios en Oslo.
Más tarde, con visible emoción, diría ante la pregunta de una hipotética “invasión” norteamericana para liberar a Venezuela:
“… Venezuela ya ha sido invadida, tenemos los agentes rusos, tenemos los agentes iraníes, tenemos grupos terroristas como Hezbolá y Hamás, operando libremente de acuerdo con el régimen, tenemos la guerrilla colombiana, los carteles de la droga que se han apoderado del 60% de nuestras poblaciones y no solo involucrado en el tráfico de drogas sino también en tráfico de personas en redes de prostitución, esto ha convertido a Venezuela en el centro criminal de las Américas…”. Enfatizó que “la permanencia de Maduro en el poder depende de un sistema de represión muy poderoso y fuertemente financiado”.
Y fue más allá, al pedir a la comunidad internacional:
“Necesitamos cortar esos flujos. Y cuando eso ocurra y la represión se debilite, se acabó, porque es lo único que le queda al régimen: violencia y terror. Así que le pedimos a la comunidad internacional que corte esas fuentes, porque los otros regímenes que apoyan a Maduro y su estructura criminal están muy activos y han convertido a Venezuela en un refugio seguro para sus operaciones en el resto de América Latina”.
El Premio Nobel de la Paz, dio visibilidad mundial a Corina Machado, develó ante el mundo la brutalidad y la naturaleza criminal de un régimen que no sólo usurpó al gobierno de Venezuela, sino, también, que se ha convertido en financiador del delito y las izquierdas en Latinoamérica.
Así las cosas, el otorgamiento del Nobel de Paz y las declaraciones de Machado, entregan patente de corso al presidente Trump, para que resuelva cuanto antes el problema en que se ha convertido el régimen venezolano, desde 1999 con Hugo Chávez, y Nicolás Maduro desde 2013 (tras la muerte de Chávez), sumando más de 26 años de éxodo, violencia, ignominia, cesación de prácticas democráticas, pobreza, protección a terrorista y exportación de un modelo macabro que amenaza la democracia en el continente.
No creo en una “invasión” de los Estados Unidos, un desembarco al estilo Normandía, pero la historia es pródiga en describir sus intervenciones “quirúrgicas”, como la que otorgó pijama naranja a Noriega, y me parece que ya “los instrumentos están en la mesa de cirugía” para Nicolás Maduro, a la vez que anuncia “quién sigue”, sin reato alguno por “despertar al jaguar”.
Maduro, “está maduro, casi descompu”, y su caída, para bien de 26 millones de venezolanos (8 en el exilio), y para la estabilidad de muchas democracias en América, es inminente, porque, a 26 años de un régimen infame, padrino de terroristas y guardián de delincuentes, es insoportable. ¡Ya es hora!
¡Maduro es un usurpador insostenible!
