DEBE ORIENTARSE HACIA LA UNIDAD NACIONAL
La mayor amenaza que se cierne sobre las élites políticas es la división de sus dirigentes que terminan
por defender sus egos, sin importar la defensa de la democracia.
POR: LUIS FERNANDO PÉREZ ROJAS
La acumulación constante de poder y el elitismo de las cúpulas han abierto las puertas a un nuevo riesgo, mayor que la vieja rebelión de las masas. Se trata de la lucha entre los propios líderes políticos, atraídos por el suculento festín del poder y dispuestos a despedazarse mutuamente. Cada líder político lleva en su mochila un bastón de mariscal, lo que constituye un temible riesgo para todos los colombianos.
Ese nuevo peligro hace más recelosos, cautos y tiranos a los viejos líderes de la política, que incrementan su blindaje con la ayuda de esas masas en las que ya no creen y de las que se han alejado, a pesar de que son la fuente última del poder y de la legitimidad. Para mantener sus cargos y privilegios, apelan a las bases, utilizando tretas profesionales y métodos demagógicos, conscientes ahora de que la promoción de los nuevos líderes políticos representa el peligro de tener que ceder el puesto a los recién llegados. Los líderes demagogos son los cortesanos de la voluntad popular que utilizan las masas en su propio beneficio y, en lugar de elevarlas, descienden hasta su nivel para manejarlas más fácilmente. La historia colombiana demuestra que las masas nunca devoran a sus jefes, sino que son los jefes los que se devoran unos a otros con la ayuda de las masas.
Las luchas internas por el poder deterioran todavía más a los partidos y a la democracia misma, que se ve afectada por el ambiente enrarecido generado por esas luchas fratricidas entre dirigentes, fuente de tensiones y de pérdida de la confianza ciudadana en el liderazgo político colombiano.
Al final sólo subsisten dos grandes peligros para las oligarquías que dominan los partidos: La ya mencionada rebelión de las masas y el tránsito hacia una dictadura, riesgo este último que aparece cuando uno de los oligarcas se impone a los demás y alcanza el poder supremo.
La lucha interna entre líderes políticos coloca contra las cuerdas a los valores y principios genuinos de la democracia. La obsesión por defenderse instaura en los partidos vicios totalitarios como la vigilancia del contrario y la muerte de la libertad de palabra y de crítica, partes sustanciales de la censura. La sospecha entra en escena con sus secuelas típicas de opresión y miedo, y se dirige hacia todo líder sospechoso de inclinaciones rebeldes o de excesiva ambición. Pronto son censurados también los inteligentes, los brillantes y los que consiguen fácilmente apoyos de las bases. La desconfianza y el recelo, cuando no la represalia y el castigo, envenenan la vida interna de los partidos y la hacen incompatible no sólo con la democracia sino también con la dignidad. En ocasiones, cuando las circunstancias lo exigen, también se utilizan contra el líder adversario armas tan sutiles como la “conciliación”. Se compra al adversario con altos cargos y honores dentro del partido, pero seleccionando cuidadosamente sus espacios de responsabilidad para que sean más aparentes que reales y sin que posean poder real. De ese modo se les vuelve inocuos, se les neutraliza y se les cierra cuidadosamente la ruta hacia el verdadero poder.
En ocasiones, a pesar de las tácticas defensivas, un nuevo líder llega al poder con el apoyo de las masas. Con la caída del viejo líder y su sustitución por el nuevo la democracia no avanza un ápice, porque tan pronto como el triunfador ha logrado su objetivo y derrocado la odiosa tiranía de su predecesor, comienza la construcción de su propio poder, utilizando los mismos métodos, rodeándose de su propia guardia de seguidores e iniciando una transformación que lo asemeja cada día más al tirano destronado.
Las elites descubren pronto que las oligarquías, cuando están formadas por un grupo demasiado pequeño, son frágiles y corren el riesgo de ser abatidas por las masas en momentos de rebelión o efervescencia. Por esta razón procuran dotar a su organización de la base más amplia posible. Con el incremento de la base de la pirámide del poder crece inevitablemente la democracia, lo que proyecta un efecto castrante sobre la libertad individual. Pero la burocracia no sólo es enemiga de la libertad sino también de la innovación y del riesgo, lo que paraliza internamente a los partidos y los transforma en momias.
El incremento de la burocracia, por último, convierte en indestructible a la oligarquía de los partidos, tras haber corrompido la ideología, agriado el carácter de los miembros, engendrado pobreza moral a grandes dosis y cacería de puestos y privilegios, todo ello en un caldo de cultivo mezquino cuyos principales componentes son el servilismo de los inferiores hacia los superiores y la arrogancia absurda de los que están arriba.
El poder ejerce una atracción irresistible sobre los líderes, hasta el punto de que quien lo alcanzó una vez no está dispuesto a perderlo, salvo que le obliguen por la fuerza. La renuncia voluntaria al poder es un acontecimiento singular en política que solo afecta a personas con grandeza personal y enorme talla moral. Cuando el deseo de dominar, que es una pasión universal, se une a los privilegios que el poder conlleva, incluidos los económicos, el poder se vuelve adictivo y quien lo posee está dispuesto a todo por conservarlo. El poder político envilece y espanta al idealismo, convirtiendo a sus portadores en tipos egoístas, escépticos e inmisericordes, dispuestos a llegar muy lejos en la defensa de sus conquistas personales.
Cuando se han alcanzado las alturas, suele producirse una declinación de la moral y la ética que convierte en lógica la lucha implacable contra el adversario y el empleo de cualquier treta o atajo para asegurarse el dominio sobre los demás y las prebendas de la administración pública.
¡Los colombianos no debemos permitir que los egos de los líderes políticos permitan
que fracase el bien y triunfe el mal en las elecciones del 2026!
LUIS FERNANDO PÉREZ ROJAS Medellín, diciembre 13 de 2025

