Por Margarita María Pérez Puerta.

Querido amigo:

Recuerdo el día en que una amiga te trajo a casa para que me conocieras junto a mi madre. Ella disfrutó mucho de tu visita, ya que ambos compartían un hábito en común: fumar hasta deleitarse con el humo. Te observaba mientras conversabas con mi amiga y mi madre entre grandes nubes de humo de cigarrillo, que acompañábamos con un delicioso café.

Desde el sillón frente al tuyo, yo observaba cómo nos mirabas, dejando tras de ti un rastro de versos en una servilleta, dedicados a mí por completo. Mi ser seguía en una especie de letargo, siendo sumamente placentero para la columna vertebral de cualquier ser vivo.

Amigo de letras serias, has logrado cautivar mi loco corazón, devolviéndome la belleza y el deseo de vivir en medio de tanto malestar, causado por otros que no aceptan lo que soy, ni lo que deseo ser. Tú viste en mí lo que nuestro gran amor divino ve, sin resentimiento alguno por no ajustarme a los estándares que otros imponen, cuando en realidad nuestro gran escritor no solo reside en un templo, sino también en nuestros corazones.

Oh amigo, espero quedarme grabada para siempre en tu memoria; aquel que habla poco, pero cuyas palabras se vuelven mágicas al resucitar un espíritu, tras haber sido mancillado por la injusticia. Eres un encantamiento para mí desde que mis padres decidieron partir hacia el eterno retorno, convirtiéndose en cenizas que nos protegen cada segundo.

Para finalizar, te deseo éxito en todo lo que emprendas. Y que nunca dejes de pensar en mí ni de mirarme cada vez que estemos juntos, disfrutando de un café junto a la amiga que nos presentó y que también compartió el placer de fumar un cigarrillo, que se convierte en el símbolo de una amistad duradera, a pesar de cualquier distancia.

Con el rostro de vos, se despide,

Margarita María