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Por: Luis Alfonso Pérez Puerta.
Dice el refrán que *caras vemos, corazones no sabemos”, y en esa brecha de ignorancia se construye el mundo.
En la política, en la religión, en el deporte y hasta en los afectos más íntimos, nos movemos en un “teje maneje” entre lo gris y lo claro.
Somos espectadores de una puesta en escena permanente donde la cara es la mercancía y el corazón el enigma.
La mente, esa “loca de la casa”, hace lo que puede: divaga, duda, intenta racionalizar el caos. Pero al final, es el corazón el que da el golpe sobre la mesa.
Ese órgano emotivo, sentimental y atrevido decide por nosotros, pero lo hace con la destreza de un traidor. Nos empuja hacia adelante mientras la razón todavía está buscando los frenos.
En las esferas del poder o en la diversidad de la farándula, nos perdemos en un laberinto de apariencias creyendo que algún día entenderemos al otro.
El escepticismo, sin embargo, nos susurra una verdad más fría: no hay nada que entender. El abismo no es un accidente, es el final lógico de quienes confían en la coreografía de las máscaras.
Creer o no creer, subir o bajar. Al final, el paso es individual. Pero en este juego de sombras, el escéptico prefiere el silencio. Ante el espectáculo de lo incierto, no queda mucho más que decir. Caras vemos, y con eso —por desgracia o por supervivencia— nos toca bastarnos.

