El sufrimiento del pueblo venezolano

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Por Iván de J. Guzmán López

A la pasión de andar en pos de la belleza de la palabra escrita, debo la costumbre de visitar bibliotecas; la semana anterior, pasando frente a la Caja de compensación familiar Comfenalco, no pude resistirme a entrar a su biblioteca. De su vieja colección de literatura, por alguna razón, mis ojos se fijaron en la sección de literatura venezolana. Fue grato el encuentro con escritores de talla universal; autores merecedores al Premio Nobel de Literatura, como Arturo Uslar Pietri o Miguel Otero Silva, estaban nuevamente a mis ojos. Y entonces recordé la tragedia del pueblo venezolano.

Más adelante, en la colección, como documento premonitorio del sufrimiento de ese pueblo venezolano, me encontré con una Antología del poeta Juan Liscano. Un libro ajado, marcado con la signatura topográfica v861/L769, fue la clave de mi visita para escribir estas notas, en reconocimiento al dolor de la patria del Libertador y de Andrés Bello.    

En uno de sus poemas, escribió Liscano:

“Nadie muere del todo ni se acaba.

El cuerpo es de la tierra y se fermenta.

La conciencia es del aire y se reparte.

La imagen es del agua y se repite.

El alma es de los hombres y retoña.

Nadie muere del todo ni se acaba.

La carne es alimento de termitas.

Las termitas son pasto de los pájaros.

Los pájaros esparcen las semillas.

Las semillas florecen y dan fruto.

Vivo, estoy vivo, en mí se multiplican

fermentos, vuelos, flujos y retoños.

Vivo, estoy vivo y salgo de la muerte”.

Este segmento poético parece un canto al hombre venezolano; parece alegoría a los 7 millones de venezolanos que ahora andan por el mundo en las peores condiciones humanas, como si se les atribuyese decenas de crímenes horrendos; pero no. Son los hijos del régimen de Maduro, copia caricaturesca de Chávez, metaverso macabro de los que pregonan “las dictaduras de los pobres”, en cabeza de pobres sanguinarios como el dictador de la antigua Unión Soviética Josef Stalin, a quien se le endilgan 23 millones de muertes; el alemán Adolf Hitler, gestor de 17 millones de muertes; el chino Mao Tse-Tung, con 78 millones de muertes a sus espaldas; Leopoldo II de Bélgica, con 15 millones de muertes bajo su responsabilidad; el japonés Hideki Tojo, con 5 millones de muertes atribuidas a su régimen; el turco Ismail Enver Pasha, con 2,5 millones de muertes en su historial; el dictador camboyano Pol Pot, con 1,7 millones de muertes atribuidas; el fundador de Corea del Norte, Kim II Sung, con 1,6 millones de muertes; el expresidente de la República Democrática Popular de Etiopía desde 1977 hasta 1991; Mengistu Haile Mariam, a quien se le acusa de 1,5 millones de muertes; el nigeriano Yakubu Gowon, con 1,1 millones de muertes; …; y es larga la lista de pobres dictadores a quienes más les habría valido no haber nacido.

Por lo pronto, preocupa la actitud beligerante de Petro, quien, ante una simple investigación administrativa del CNE, por supuesta violación de topes de financiación electoral, ha declarado a Colombia, que: “debemos prepararnos para la toma del poder” (declaración que huele a pólvora y a muerte) como si el poder que detenta, otorgado por nuestra democracia, fuese de poca monta.

Con justificada razón, nuestro escritor y novelista Mario Mendoza, en su “perfil de Petro”, escribió:

“El problema es que poco a poco empezó a mostrar su lado más oscuro y siniestro: el del narcisista paranoico que no soporta que le lleven la contraria, que lo cuestionen o lo vigilen”.

Dicen los estudiosos del perfil psicosocial de personajes como los citados, que: “existe un vínculo entre los tiranos por el miedo a ser asesinados y su pulsión por ejecutar a los opositores; seguramente, la historia hará el conteo de los hombres, mujeres y niños que caerán a manos de los dictadorzuelos latinoamericanos, donde caben los Ortegas, Castros, Maduros…

Nos consuela la proximidad de la caída definitiva de Nicolás Maduro. Hasta el congreso colombiano lo declaró espurio y dictador. Estados Unidos le da plazo al 5 de noviembre de 2024, para reconocer su derrota y marcharse. Para desgracia de Colombia, como Nación democrática, Petro no ha reconocido –en contraposición al mundo-, que Nicolás Maduro perdió las elecciones y el presidente electo de Venezuela se llama Edmundo González Urrutia. La falacia de Petro consiste en que mientras no se publiquen las actas electorales, para él, Maduro es elegido en democracia. No obstante, Petro sabe que las actas jamás serán publicadas, porque ellas presentan ganador a González Urrutia, y nadie gusta de autoincriminarse, mucho menos un tirano.

La incoherencia es vergonzosa y elocuente: para Petro, los pobres en Colombia son su bandera; pero los que sufren en Venezuela, sumados a los 7 millones de venezolanos que van y vienen por el mundo, huyendo de un régimen malhadado, ¡no son pueblo!    

A Petro lo “cogió” la noche en edad y mandato. Aunque los signos son palpables, esperemos que la sentencia de Marco Tulio Cicerón, no encuentre tierra abonada en Colombia:

“Los hombres son como los vinos: la edad agria los malos y mejora los buenos”.