EL LIDERAZGO DOCENTE NO SE OTORGA CON UN TÍTULO:

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SE EJERCE DESDE EL SALÓN DE CLASES

Por: LUIS CARLOS GAVIRIA ECHAVARRÍA

Durante muchos años hemos asociado el liderazgo educativo con los cargos, los nombramientos y las estructuras administrativas. Hablamos del director, del supervisor, del coordinador o de quienes tienen formalmente la responsabilidad de dirigir una institución o un sistema educativo. Sin embargo, esta mirada puede hacernos olvidar a uno de los líderes más importantes de cualquier comunidad educativa: el maestro.

El liderazgo docente no comienza cuando alguien recibe un nombramiento administrativo. Comienza mucho antes. Comienza en el salón de clases. Lo he podido observar a lo largo de mi trayectoria como educador universitario y en diferentes responsabilidades relacionadas con el apoyo y el liderazgo educativo. He conocido docentes que, sin ocupar una posición administrativa, han logrado transformar la manera en que otros profesionales trabajan; docentes que defienden las necesidades de sus estudiantes, buscan alternativas cuando aparecen obstáculos y consiguen que otros se sumen a una visión común. Eso también es liderazgo. Y, quizás, sea una de las formas más auténticas de ejercerlo. Liderar también es enseñar

En mi reflexión sobre La enseñanza: estrategia educativa y trabajo en equipo en los Programas de Educación, dedico especial atención al liderazgo del maestro. Parto de una premisa que considero fundamental: liderar en un escenario educativo significa movilizar e influir en otros para alcanzar metas compartidas. No se trata simplemente de organizar tareas ni de decirle a los demás qué deben hacer. Liderar implica tener una visión, reflexionar sobre la práctica, trabajar con otros y convertir las intenciones educativas en resultados que beneficien a los estudiantes.

Por eso sostengo una idea que puede parecer sencilla, pero que tiene profundas implicaciones: enseñar también implica liderar. El liderazgo comienza con una convicción. Pero ejercer liderazgo desde el salón de clases requiere algo más que conocimiento técnico. Requiere creer. Creer que todos los estudiantes pueden aprender. Creer que la diversidad no constituye un problema que debamos eliminar, sino una realidad que nos exige transformar nuestras prácticas. Creer que un diagnóstico no determina todas las posibilidades de una persona. Y, particularmente, creer que la inclusión no puede limitarse a permanecer escrita en documentos institucionales, políticas o discursos. La inclusión debe convertirse en una experiencia cotidiana.

En mi trabajo he planteado precisamente que el liderazgo educativo inclusivo está estrechamente relacionado con la equidad, la participación y el respeto por la diversidad. Pero también he aprendido que el liderazgo no se desarrolla espontáneamente. Requiere formación continua, acompañamiento, experiencia y oportunidades para fortalecer las capacidades profesionales de quienes tienen diariamente la responsabilidad de enseñar. Y aquí encontramos una responsabilidad que no pertenece exclusivamente al maestro. No podemos exigir liderazgo mientras silenciamos la iniciativa. No podemos exigir docentes líderes mientras construimos sistemas educativos que silencien su iniciativa. El liderazgo docente necesita estructuras escolares que permitan proponer, dialogar, experimentar, reflexionar y aprender. Necesita directores que comprendan que compartir el liderazgo no disminuye su autoridad. Por el contrario: puede multiplicar la capacidad de toda una comunidad educativa para responder a las necesidades de sus estudiantes. Ningún profesional puede atender por sí solo toda la complejidad que implica responder adecuadamente a la diversidad. Por eso, el liderazgo que necesitamos no puede fundamentarse en la idea de controlar a otros. Debe fundamentarse en la capacidad de trabajar con otros.

El verdadero liderazgo favorece la colaboración, la comunicación y la toma conjunta de decisiones. Cuando esto ocurre, la enseñanza puede convertirse en un proceso más coordinado e inclusivo y ampliar las oportunidades de aprendizaje y participación de los estudiantes. Esa es precisamente una de las conclusiones que he desarrollado al analizar la relación entre liderazgo y co-enseñanza. Liderar también exige valentía profesional Hay otra dimensión del liderazgo docente que considero fundamental: la valentía profesional. Hay momentos en los que un maestro debe preguntarse por qué hacemos las cosas de determinada manera. Hay momentos en los que debe reconocer que una estrategia no está funcionando. Hay momentos en los que debe escuchar a otro profesional que conoce algo que él desconoce. Y existen momentos en los que tendrá que modificar una práctica que ha utilizado durante años porque la evidencia o las necesidades de sus estudiantes indican que existe una alternativa mejor. Eso no disminuye al maestro. Eso demuestra liderazgo.

Un líder educativo reflexiona sobre su propia práctica. Actualiza sus conocimientos. Observa los resultados de sus decisiones. Utiliza la información disponible para determinar qué apoyos, adaptaciones o intervenciones necesitan sus estudiantes. Y entiende que la experiencia profesional es valiosa, pero que nunca debe convertirse en una excusa para dejar de aprender. Porque la experiencia sin reflexión puede convertirse en rutina. Y la rutina, cuando deja de responder a las necesidades de los estudiantes, puede convertirse en una barrera para el aprendizaje. Las grandes transformaciones pueden comenzar con una pregunta: Después de tantos años trabajando en educación, he aprendido que algunas de las transformaciones más significativas no comienzan necesariamente en una oficina administrativa. Comienzan cuando un maestro decide hacer una pregunta diferente. Comienzan cuando comparte una estrategia con un compañero. Cuando invita a otro profesional a planificar. Cuando utiliza los datos para modificar su enseñanza. Cuando reconoce que necesita aprender algo nuevo. Y, sobre todo, cuando observa a un estudiante que otros identifican principalmente por sus limitaciones y decide comenzar por sus posibilidades. Quizás esos actos nunca aparezcan en un organigrama institucional. Quizás tampoco sean reconocidos mediante un nombramiento, una placa o un cargo. Pero construyen cultura. Y la cultura escolar termina determinando muchas de las experiencias que viven nuestros estudiantes.

Un liderazgo que no necesita un cargo. Por eso considero que debemos ampliar nuestra concepción del liderazgo educativo. Necesitamos directores que lideren. Necesitamos administradores que lideren. Necesitamos supervisores y responsables de política educativa que lideren. Pero también necesitamos maestros que reconozcan que ya ocupan un espacio desde el cual pueden influir, transformar y movilizar a otros. No todos los docentes aspirarán a dirigir una escuela, una oficina o un sistema educativo. Y tampoco tienen que hacerlo. Existe un liderazgo igualmente necesario que ocurre frente a una pizarra, alrededor de una mesa de planificación, durante una conversación con una familia o cuando dos profesionales deciden dejar de trabajar de manera aislada para comenzar a asumir juntos la responsabilidad sobre sus estudiantes. Ese liderazgo no siempre tiene nombre. No siempre tiene cargo. No siempre tiene reconocimiento institucional. Pero puede tener algo mucho más importante: puede transformar vidas. Una pregunta para quienes educamos. Quizás, entonces, la pregunta no debería ser: ¿Quién ocupa la posición de líder? La pregunta debería ser: ¿Qué estamos haciendo, desde la posición que ocupamos, para mejorar la experiencia educativa de quienes dependen de nuestras decisiones? Esa pregunta cambia completamente nuestra manera de entender el liderazgo. Porque nos obliga a dejar de pensar únicamente en la autoridad y comenzar a pensar en la responsabilidad. Nos recuerda que liderar no significa estar por encima de los demás. Muchas veces significa ponerse al servicio de una causa, de un equipo y, sobre todo, de los estudiantes.

Después de tantos años de docencia, esta es una de las convicciones que más valoro: el verdadero liderazgo educativo no siempre se ve desde la oficina. Muchas veces se descubre en la paciencia de un maestro. En la pregunta que hace. En la estrategia que comparte. En la dificultad que decide enfrentar. En el compañero al que acompaña. Y en el estudiante al que alguien decidió mirar no desde lo que aparentemente no puede hacer, sino desde todo aquello que todavía puede llegar a ser.

Por eso, quizás la definición más sencilla de liderazgo docente sea también la más profunda: el liderazgo docente no se otorga con un título. Se ejerce. Y muchas veces comienza exactamente donde ocurre la educación: en el salón de clases.

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