Por: LUIS CARLOS GAVIRIA ECHAVARRÍA

En un contexto político donde la desilusión es constante y la esperanza se desvanece, surge la necesidad de reflexionar sobre nuestros gobernantes y su impacto en la sociedad. Este artículo analiza la realidad de nuestros líderes, exponiendo las promesas incumplidas y la perpetuación de viejos vicios, y subraya la urgente necesidad de un cambio en la comunicación y el liderazgo político para recuperar la decencia y la confianza en nuestras instituciones.

Tanto insistirle al vecino que este gobierno nos devolvería la decencia, para aceptar que es la misma historia de siempre. Tanto hablar de pulsos políticos, formas de gobierno, y teorías, para luego escuchar al vecino del barrio decir: “Yo le dije que todos eran iguales, yo le dije que todos llegaban a robar”. Tanto esfuerzo en matizar, contextualizar los gestos presidenciales, como entendiendo el experimento colombiano, para luego ver las mismas pifias y embustes de siempre, dando la razón a quienes predecían el engaño. Otra vez la guerra a nuestras espaldas, las interceptaciones ilegales, el saqueo del Estado, el fracaso del acuerdo nacional, y la necesidad de entender una presidencia como una lección amarga.

Si nuestros gobiernos del siglo XXI fueran fábulas ejemplares, nunca más se espiaría a magistrados, se estigmatizaría a antagonistas, se perseguiría a opositores, se intimidaría a la prensa, se pediría al ejército contar cuerpos, se abriría la Casa de Nariño al paramilitarismo, se insinuarían reelecciones, se amenazaría con constituyentes innecesarias, se desfallecería en pactar la paz, se lapidaría a los votantes del sí o del no, se llegaría al Gobierno para destruir al anterior, se despreciaría el acuerdo del Teatro Colón, ni se burlaría del estallido social que está a la vuelta de la esquina.

Después de esta presidencia extenuante, que debemos tomar como un estremecimiento necesario más que como un gobierno, deberíamos rechazar una Colombia controlada por unos pocos dueños que se resistan a las reivindicaciones. Un gobierno dispuesto a ser la oposición del Estado, empeñado en despreciar las luchas ajenas, rodeado de saqueadores, enfrentando a los periodistas que se atreven a hacer ciertas preguntas. ¿Por qué un presidente tan grave se permite la ligereza de tachar de nazis a sus enemigos o de llamar “periodismo Mossad” al periodismo que lo desafía?

Después de esta presidencia desafiante, debería ser insostenible otro gobierno que ceda a la tentación de la comunicación venenosa y megalómana. El psicólogo Marshall Rosenberg propuso la “comunicación no violenta”, que no generaliza, desprecia, juzga, amenaza, castiga ni elude responsabilidades, abriendo paso a la convivencia. Un liderazgo que comienza sus diálogos calumniando a sus interlocutores no es liderazgo, es sabotaje.

Tanto estudiar el fundamentalismo que nos ha llevado a matarnos, tanto denunciar La Violencia, el Estatuto de Seguridad, la Seguridad Democrática, para llegar al Gobierno y aniquilar periodistas. Tanto pedir paciencia al vecino, tanto insistir en que este gobierno nos devolvería la decencia, para aceptar que es la misma gente de siempre.

Necesitamos un cambio real en la comunicación y en el liderazgo político, uno que valore la humanidad y la dignidad de todas las partes, para reconstruir la confianza y la decencia en nuestro país.