CÉSAR VALLEJO Y SU POÉTICA UNIVERSAL

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                                                                          “Cesar Vallejo ha muerto, le pegaban

                                                                                  Todos sin que él les haga nada;

                                                                              Le daban duro con un palo y duro

                                                                               También con una soga; son testigos     

                                                                           Los días jueves y los huesos húmeros,

                                                                 La soledad, la lluvia, los caminos”.

POR: IVÁN DE J GUZMÁN LÓPEZ

No me perdonaría el dejar pasar el mes de marzo, sin hablar de un poeta monumental como lo es César Vallejo, hijo de la querida tierra peruana, con su Machu Picchu sagrado, y su floreciente Lima, y su exuberante Cusco, y su bella Arequipa, tierra natal del Premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa.

Piedra negra sobre una piedra blanca, poema del cual tomo el epígrafe, resume fielmente la existencia del poeta peruano César Vallejo, nacido en el valle de Santiago de Chuco, el 16 de marzo de 1892.

La obra poética de Vallejo está hecha de una rara amalgama de ternura, amor y dolor, influenciada por una niñez apacible, un amor fraternal por sus padres y una pobreza constante –que más dolorosa no pudo haber sido-, persiguiéndole sin descanso en la vida.

Dámaso Alonso, el Académico español, dijo alguna vez que “la de Vallejo es una ternura balbuciente, balbuceada, muchas veces de verdadero niño”: cuentan que en Trujillo, donde el poeta era maestro de escuela y los niños le querían entrañablemente, cierta vez levantó demasiado la voz a uno de ellos por alguna pilatuna, y éste rompió a llorar desconsoladamente. Entonces, César Vallejo, dolido por el llanto, se arrodilló ante el infante, alcanzó la estatura de sus ojos, y le suplicó perdón.

La originalidad, la belleza y el dolor es un constructo poético que Vallejo recogió a su paso por los caminos del mundo y perpetuó “en la virtud del canto”, según expresión de nuestro Barba Jacob. Tras constantes abandonos de sus estudios, por el sambenito de la pobreza, logra, en 1913, un cargo de maestro de escuela y puede así ingresar a la Universidad de Trujillo, para graduarse pronto de bachiller en letras con una tesis laureada, llamada: El Romanticismo en la poesía castellana. Es entonces cuando inicia sus colaboraciones en diarios y revistas de Trujillo y Lima, y le publican algunos versos en Colombia y Ecuador.

Entre 1911 y 1917, en Trujillo, en medio de una época febril, de cambios políticos, sociales e ideológicos, se dan sus primeros versos, estimulado por periodistas, escritores y políticos rebeldes. En 1917 se traslada a Lima, donde frecuenta importantes círculos literarios, y en 1918 aparece su primer libro de poemas, Los heraldos negros, una clara irrupción en el postmodernismo, donde el poeta revela su posición abierta de compromiso ante el ser humano, enfrentado a un mundo enajenado y fuente de dolor constante:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

 Golpes como de la ira de Dios; como si ante ellos,

La resaca de todo lo sufrido

Se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras

En el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

O los heraldos negros que nos manda la muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

De alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

De algún pan que en las puertas del horno se nos quema.

Y el hombre… ¡pobre!… ¡pobre! Vuelve los ojos,

Como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

Vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

Se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”.  

Con Los heraldos negros, Vallejo ingresa formalmente a la literatura peruana. En 1920 hace una visita a su pueblo natal, donde es acusado de participar en protestas públicas, siendo encarcelado por ello durante tres meses. Esta experiencia dolorosa tendrá permanencia crítica en su vida y en su segundo libro: Trilce, publicado en 1922, al que le siguen Escalas melografiadas y Fabla salvaje, en prosa.

El 13 de junio de 1923 llega a París, donde se encuentra con el hambre, la desesperación, la miseria y la angustia. Para subsistir tiene que trabajar intensamente en diversos oficios. Arropado en sus convicciones políticas, viaja y recorre toda Rusia, escribiendo crónicas que le permiten sobrevivir. En 1930 se ve obligado a emigrar a España por asuntos políticos, estancia que aprovecha para estrechar lazos de amistad con García Lorca, Unamuno y Alberti, entre otros. En 1936 regresa  a París donde concluirá el libro España, aparta de mí este Cáliz.

El 15 de abril de 1938, abatido por el peso de las penurias económicas, la enfermedad y la persecución política, muere en París con aguacero, como lo había anunciado en el poema Piedra negra sobre una piedra blanca:

“Me moriré en París con aguacero

 Un día del cual tengo ya un recuerdo”.

¡Cómo dejar pasar a marzo y a César Vallejo!, sin que su recuerdo y sus versos nos conmueva hondo, en lo más hondo del alma.

Cómo dejar pasar