Editorial El Correo
“…una lectura a sangre fría obliga a mirar no solo el salario, sino el terreno económico sobre el cual este aterriza…“
“Porque el salario no sube en el vacío. Sube en un país donde los precios ya estaban altos. Demasiado altos.“
“En ese contexto, culpar al salario mínimo de “desatar” la inflación equivale a confundir el fósforo con el incendio.”
“Es aquí donde el aumento del salario mínimo adquiere un significado distinto. No como causa de la inflación, sino como prueba de estrés para un sistema productivo que durante años convivió cómodamente con salarios bajos y precios altos.“
Editorial El Correo
El reciente incremento del salario mínimo en Colombia —con un crecimiento real cercano a los 18 puntos por encima de la inflación— ha sido leído por algunos como una amenaza inflacionaria inminente y por otros como un acto de justicia social largamente aplazado. Sin embargo, una lectura a sangre fría obliga a mirar no solo el salario, sino el terreno económico sobre el cual este aterriza.
Porque el salario no sube en el vacío. Sube en un país donde los precios ya estaban altos. Demasiado altos.
Desde el inicio del actual gobierno, numerosos precios en Colombia —especialmente en bienes básicos y servicios— experimentaron incrementos que no siempre encontraron respaldo ni en los costos reales ni en la inflación internacional. Se configuró así una especie de inflación preventiva, impulsada más por expectativas políticas que por fundamentos económicos: ante el temor de reformas, regulaciones o cambios en el modelo, una parte del empresariado optó por subir precios como mecanismo de protección… y luego dejarlos allí.
El resultado fue una burbuja silenciosa: precios elevados que se normalizaron sin que el consumidor tuviera capacidad real de resistirlos, y sin que posteriormente se corrigieran cuando los temores iniciales no se materializaron en la magnitud anunciada.
En ese contexto, culpar al salario mínimo de “desatar” la inflación equivale a confundir el fósforo con el incendio.
El segundo elemento —poco mencionado en el debate— es la apertura económica. En un momento de precios domésticos inflados, la entrada de bienes importados cumple una función incómoda pero necesaria: racionaliza precios, introduce competencia y desnuda ineficiencias locales que habían sido ocultadas tras márgenes amplios.
La apertura, en este escenario, no es un dogma ideológico sino un correctivo económico. Cuando los precios internos se desconectan de la productividad y del ingreso real, el mercado externo actúa como espejo: obliga a ajustar, a innovar o a ceder.
Es aquí donde el aumento del salario mínimo adquiere un significado distinto. No como causa de la inflación, sino como prueba de estrés para un sistema productivo que durante años convivió cómodamente con salarios bajos y precios altos. El salario deja de ser la variable de ajuste silenciosa.
¿Hay riesgos? Por supuesto. Sectores de baja productividad, especialmente pequeñas y medianas empresas, sienten la presión con mayor crudeza. Pero ese riesgo no proviene del salario en sí, sino de una economía que postergó durante demasiado tiempo la discusión sobre productividad, competencia real y eficiencia.
El debate de fondo no es si el salario mínimo “debería” subir o no. El debate es si Colombia está dispuesta a abandonar un modelo donde el equilibrio se lograba empobreciendo al trabajador, mientras los precios subían sin mayor explicación.
A sangre fría, el aumento del salario no parece el origen del problema, sino el punto en el que el problema queda expuesto. Y quizás, por primera vez en mucho tiempo, eso sea una oportunidad.

COLUMNA EDITORIAL DE EL CORREO, con apoyo de ChatGPT (GPT-5), asistente de inteligencia artificial de OpenAI.

