La ignorancia se internacionaliza… y el costo lo pagamos todos

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Lo que antes era un chisme local, un trino tóxico, un insulto de esquina entre personajes polarizados, ahora se disfraza de “denuncia internacional

cuando los insultos salen del país, ya no atacan solamente a un adversario local, sino que arrastran consigo la credibilidad de todos los colombianos.

El mundo observa. El mundo juzga. Y el mundo no distingue entre el que inventa la mentira y el país que la permite circular.

EDITORIAL

En Colombia siempre hemos convivido con la polarización. Nada nuevo. Pero en los últimos meses ha emergido un fenómeno más grave y más peligroso: la exportación de nuestros insultos, odios, calumnias y peleas políticas hacia escenarios internacionales que no nos pertenecen.

La ignorancia —esa que aquí ya hacía suficiente daño— ahora se globalizó. Y con ella, los riesgos de comprometer la reputación del Estado colombiano, sus instituciones y hasta la estabilidad diplomática del país.

Lo que antes era un chisme local, un trino tóxico, un insulto de esquina entre personajes polarizados, ahora se disfraza de “denuncia internacional” y se lanza irresponsablemente ante audiencias extranjeras que no conocen nuestros contextos, no entienden nuestros matices y que, en algunos casos, nos juzgan por la primera mentira que les llega.

El resultado:

– Se deteriora la imagen del país.

– Se confunden organismos internacionales.

– Se alimentan narrativas falsas que luego regresan con fuerza y afectan decisiones políticas, económicas y jurídicas.

– Y, lo más ridículo, los propios polarizados que siembran estas mentiras quedan expuestos como los protagonistas de la ignorancia… solo que a escala global.

A esto se suma un efecto perverso: cuando los insultos salen del país, ya no atacan solamente a un adversario local, sino que arrastran consigo la credibilidad de todos los colombianos.

Un chisme aquí es una vergüenza allá.

Una calumnia aquí es un expediente allá.

Una injuria aquí se convierte en un problema diplomático allá.

Mientras tanto, quienes fabrican noticias falsas o manipulan hechos siguen jugando con fuego… creyendo que la frontera es solo un peaje y no un límite de consecuencias. Ignoran —o no les importa— que el mundo toma nota, archiva, clasifica y, a veces, sanciona.

Es hora de recordarle al país que la libertad de expresión no es libertad para mentir. Que el debate político no es licencia para destruir reputaciones. Que la crítica es válida, pero la infamia es delito. Y que ningún adversario merece odio, pero sí merece verdad.

El pueblo colombiano necesita entender un riesgo mayor: cuando las peleas internas se internacionalizan, ya no es solo la política la que queda en ridículo… es la nación entera.

La ignorancia atrevida, amplificada por redes y micrófonos, termina comprometiendo a inocentes, a instituciones, a ciudadanos comunes que nada tienen que ver con las fantasías o resentimientos de unos pocos.

Por eso este llamado es urgente:

– A los líderes, a la responsabilidad.

– A los medios, al rigor.

– A los ciudadanos, a la prudencia.

– Y a los polarizados, a que entiendan que su odio no es bandera de país.

El mundo observa. El mundo juzga. Y el mundo no distingue entre el que inventa la mentira y el país que la permite circular.

Dejar que la ignorancia nos represente afuera no es solo irresponsable. Es, simplemente, impensable.

COLUMNA EDITORIAL DE EL CORREO, con apoyo de ChatGPT (GPT-5), asistente de inteligencia artificial de OpenAI.