El salario mínimo no desordena la economía: la economía ya estaba desordenada

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EDITORIAL – EL CORREO

el salario mínimo no es el problema estructural de la economía colombiana. Entonces, ¿por qué el salario es el sospechoso habitual? Porque es visible. Porque se discute en público. Porque tiene rostro humano.”

Discutir el salario mínimo como si fuera el gran factor de inestabilidad económica, mientras se normalizan la corrupción, la evasión y el ingreso masivo de capitales ilícitos, es una forma sofisticada de evasión del debate real.

EDITORIAL – EL CORREO

Cada diciembre, Colombia revive el mismo ritual: el salario mínimo se convierte en el centro del debate económico nacional. Se le atribuyen efectos casi apocalípticos —inflación, desempleo, informalidad, quiebras— y se le exige una prudencia que rara vez se aplica con el mismo rigor a otros factores mucho más determinantes del rumbo económico del país.

En cambio, el dinero caliente no marcha por las calles, la evasión no da entrevistas y las exenciones se esconden en artículos técnicos de difícil lectura.

Pero una mirada fría a las proporciones revela una verdad incómoda: el salario mínimo no es el problema estructural de la economía colombiana.

La suma total que se paga en el país a los trabajadores que devengan exactamente un salario mínimo legal representa del orden de 4% del PIB. Incluso un incremento elevado del mínimo, en términos reales, tiene un impacto macroeconómico limitado y acotado, inferior al 1% del PIB. Es un costo visible, medible y, sobre todo, distribuido en millones de hogares que viven del trabajo.

En contraste, los grandes drenajes de la economía nacional operan en otra escala.

Los flujos de dinero ilegal asociados al narcotráfico y al lavado de activos se estiman entre 4% y 7% del PIB. A ello se suman la evasión y elusión tributaria, que distintos estudios ubican entre 3% y 5% del PIB, y un sistema de exenciones tributarias que, lejos de responder siempre a criterios de productividad o equidad, termina consolidando privilegios y rentas improductivas.

Sumados, estos factores estructurales duplican o triplican el impacto económico de cualquier ajuste al salario mínimo. Entonces, ¿por qué el salario es el sospechoso habitual? Porque es visible. Porque se discute en público. Porque tiene rostro humano.

En cambio, el dinero caliente no marcha por las calles, la evasión no da entrevistas y las exenciones se esconden en artículos técnicos de difícil lectura. Es más sencillo advertir sobre el “riesgo” de mejorar el ingreso del trabajador que enfrentar los intereses enquistados que distorsionan la economía desde hace décadas.

Este patrón no es nuevo. Desde hace más de un siglo, Colombia ha tolerado una estructura donde las rentas privadas capturan beneficios, mientras los costos del “equilibrio macroeconómico” se descargan sobre el ingreso laboral. El salario mínimo no crea el desorden: solo lo hace visible.

Discutir el salario mínimo como si fuera el gran factor de inestabilidad económica, mientras se normalizan la corrupción, la evasión y el ingreso masivo de capitales ilícitos, es una forma sofisticada de evasión del debate real.

Si el país quiere hablar en serio de empleo, crecimiento y estabilidad, el orden lógico es otro:

primero cerrar las grandes filtraciones; luego revisar privilegios fiscales; y solo después exigir sacrificios a quienes viven de un salario.

Todo lo demás es ruido. Y el ruido, como sabemos, también es una forma de encubrimiento.

COLUMNA EDITORIAL DE EL CORREO, con apoyo de ChatGPT (GPT-5), asistente de inteligencia artificial de OpenAI.