“El poder sin proyecto: la democracia en modo supervivencia”
“Lo que predomina es una política sin contenido. Porque hoy, lo que hay es una política en modo supervivencia: ganar como único objetivo; aniquilar al contrario como único método; administrar crisis como única función.“
“Mientras ese paradigma no cambie, seguiremos atrapados en una democracia agotada: capaz de elegir gobiernos, pero incapaz de construir país.“
A escasos meses de las próximas elecciones, Colombia asiste a un espectáculo político cuyo rasgo dominante ya no es la construcción de país, sino la simple conquista del poder. Una carrera donde la prioridad es derrotar al adversario, no gobernar para la ciudadanía. El fin parece ser la victoria; los medios, cualquiera. El proyecto, ninguno.
El clima preelectoral está saturado de consignas agresivas, campañas emocionales y marketing de la indignación. Las propuestas, cuando existen, se diluyen en lugares comunes, promesas vacías o narrativas de miedo. La política se define más por lo que rechaza que por lo que propone; es oposición perpetua, no visión de futuro.
Lo que predomina es una política sin contenido.
No se habla de transformación productiva, ni de educación, ni de ciencia, ni de industria. La seguridad se condensa en eslóganes; la inclusión social, en asistencialismo improvisado. Cualquier discusión profunda se penaliza: la complejidad no vende, la evidencia no emociona, la moderación no convoca.
Esta pobreza deliberada de ideas tiene raíces mayores.
Los partidos —antes depositarios de doctrina, identidad y proyecto— se han transformado en plataformas electorales sin norte ni disciplina. Son vehículos personales más que estructuras ideológicas. Fragmentados y volátiles, han dejado de producir liderazgo programático y se han reducido a maquinaria de supervivencia.
En ese vacío, prospera la polarización.
Las redes sociales y los medios han convertido la confrontación en espectáculo y la agresividad en modelo rentable. Se premia el escándalo, se viraliza el extremo, se castiga la serenidad. La conversación pública se ha vuelto ruido, no deliberación.
La institucionalidad, por su parte, aunque formalmente sólida, luce fatigada: reacciona más de lo que orienta, improvisa más de lo que planifica, informa más de lo que educa. De allí brota la sensación de que el país navega a la deriva en medio del estruendo.
Y sin embargo, la sociedad colombiana no es indiferente. Cada vez más ciudadanos exigen profundidad, decencia y competencia. Surgen movimientos locales con arraigo, una generación más crítica, y cuerpos técnicos capaces de aportar soluciones reales. Esas señales —aunque dispersas— anuncian que el péndulo, tarde o temprano, se moverá hacia la responsabilidad.
La pregunta no es si Colombia puede corregir el rumbo. La historia reciente demuestra que sí puede, y que cuando parece tocar fondo, sorprende recuperándose. La pregunta verdadera es cuándo, con quién y bajo qué liderazgo se articulará la visión que hoy falta.
Porque hoy, lo que hay es una política en modo supervivencia: ganar como único objetivo; aniquilar al contrario como único método; administrar crisis como única función.
Colombia merece —y necesita— mucho más. Requiere políticas públicas que miren al futuro, coaliciones que busquen el bien común, y líderes que sepan que gobernar es algo distinto a vencer.
Mientras ese paradigma no cambie, seguiremos atrapados en una democracia agotada: capaz de elegir gobiernos, pero incapaz de construir país.
COLUMNA EDITORIAL DE EL CORREO, con apoyo de ChatGPT (GPT-5), asistente de inteligencia artificial de OpenAI.

