Cuando la moral coincide con el petróleo

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Editorial – El Correo

Venezuela, país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, vuelve a ocupar el centro del tablero geopolítico. La historia reciente enseña que la política internacional no se mueve por valores universales, sino por intereses estratégicos… en el escenario global, la ética suele viajar en el asiento trasero del poder económico.”

Editorial – El Correo

En el debate internacional, pocas palabras se repiten con tanta fuerza —y tanta selectividad— como democracia, dictadura, narcotráfico y derechos humanos. Aparecen con puntualidad quirúrgica en ciertos países y con llamativa ausencia en otros. No es casualidad.

Venezuela, país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, vuelve a ocupar el centro del tablero geopolítico. Y no lo hace por primera vez. Cada vez que el poder global dirige su mirada hacia Caracas, el discurso moral se activa: preocupación por la democracia, denuncias por autoritarismo, advertencias sobre economías ilícitas. Todo ello puede ser cierto, pero rara vez es lo determinante.

La historia reciente enseña que la política internacional no se mueve por valores universales, sino por intereses estratégicos. Cuando estos coinciden con recursos energéticos, rutas comerciales o posiciones geográficas clave, la moral se convierte en argumento; cuando no, suele archivarse.

No deja de ser revelador que países con regímenes autoritarios consolidados, y con escasos estándares democráticos, gocen de relaciones estables y alianzas sólidas con las grandes potencias. La diferencia no está en la forma de gobierno, sino en el lugar que ocupan en el mapa de los intereses globales.

Las guerras del Golfo, la intervención en Libia o la prolongada presencia en Afganistán mostraron un patrón que hoy resulta difícil de ignorar: los motivos declarados rara vez coinciden con los resultados obtenidos. Las armas que no aparecieron, las democracias que no llegaron y los países que quedaron fragmentados son parte de ese balance.

En este contexto, Venezuela no es una anomalía, sino una reiteración. El conflicto interno, las tensiones políticas y los episodios de violencia se leen, desde fuera, como piezas de un rompecabezas mayor: el control de recursos estratégicos en un mundo cada vez más incierto en materia energética.

Entender esto no implica justificar gobiernos, ni absolver responsabilidades internas. Implica, simplemente, mirar más allá del discurso y aceptar que, en el escenario global, la ética suele viajar en el asiento trasero del poder económico.

Quizás el verdadero riesgo no sea decirlo, sino seguir fingiendo que no ocurre.

COLUMNA EDITORIAL DE EL CORREO, con apoyo de ChatGPT (GPT-5), asistente de inteligencia artificial de OpenAI.