Consultas para perder sin perder…

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EDITORIAL – EL CORREO

“La mediocridad compartida es cómoda: nadie gana del todo, nadie pierde del todo.”

Colombia parece enfrentar un momento paradójico: muchas candidaturas y poco liderazgo; muchas coaliciones y poco proyecto; muchas consultas y pocas convicciones.

Así, la consulta se convierte en un mecanismo para administrar derrotas, no para dirimir liderazgos.

El que pierde no se va a casa: se sienta a la mesa. Y mientras más votos haya obtenido, mayor será su poder de negociación burocrática. Ministerios, embajadas, direcciones de institutos y cuotas regionales aparecen como el verdadero premio.

EDITORIAL – EL CORREO

Las consultas interpartidistas de marzo de 2026 están siendo presentadas como un ejercicio de democracia interna, pero en el fondo revelan algo más inquietante: la normalización de la derrota como camino políticamente rentable.

No se percibe en ellas la tensión propia de quien va por todo. Por el contrario, abundan los cálculos de quienes entran sabiendo —o intuyendo— que no ganarán, pero confiando en salir bien librados del fracaso. En la política colombiana actual, perder dejó de ser sinónimo de desaparecer; ahora puede significar reubicarse.

La escena se repite: precandidatos que se suman a coaliciones sin relato común, sin liderazgo claro y sin una visión compartida de país. No llegan a disputar el primer lugar, sino a asegurar un segundo puesto digno, una votación decorosa, una fotografía útil para la negociación posterior.

Así, la consulta se convierte en un mecanismo para administrar derrotas, no para dirimir liderazgos. El que pierde no se va a casa: se sienta a la mesa. Y mientras más votos haya obtenido, mayor será su poder de negociación burocrática. Ministerios, embajadas, direcciones de institutos y cuotas regionales aparecen como el verdadero premio.

Esta lógica explica la ausencia de figuras arrolladoras. Un liderazgo fuerte rompe el equilibrio del reparto; obliga a los demás a arriesgarse de verdad. En cambio, la mediocridad compartida es cómoda: nadie gana del todo, nadie pierde del todo.

El problema no es solo ético, sino democrático. Cuando la ciudadanía percibe que las consultas no son una competencia auténtica, sino un simulacro de rivalidad, el desencanto se profundiza. Se vota sin ilusión, se participa sin esperanza, se observa sin creer.

Colombia parece enfrentar un momento paradójico: muchas candidaturas y poco liderazgo; muchas coaliciones y poco proyecto; muchas consultas y pocas convicciones.

Tal vez por eso estas consultas dicen menos sobre quién gobernará el país y más sobre cómo la clase política aprendió a perder sin irse.

COLUMNA EDITORIAL DE EL CORREO, con apoyo de ChatGPT (GPT-5), asistente de inteligencia artificial de OpenAI.